"Cuidado en lo que pides, que te lo pueden dar."
Lucybell.
No recuerdo exáctamente cuanto tiempo llevo nadando en éste acuario. Mi nombre es Anilú, soy una pececita pequeña de color naranjo, al parecer muy común. Glup glup glup. Disculpen si repito algunas cosas, es que simplemente no recuerdo haberlas dicho. Me llamo Anilú y me gusta mi color anaranjado, porque es muy alegre y fuerte como yo. Creo ser la única que habita ésta pecera, supongo que la he recorrido completa y no he encontrado a otro ser. Mi nombre es Anilú, soy una pececita pequeña de color naranjo. En mis recorridos suelo jugar con las burbujas, es lejos lo que más disfruto, porque las plantas son muy duras y el hombre con traje de buzo jamás se ha dignado siquiera a saludarme. De ves en cuando se asoma el enorme rostro de una niña, ella suele observarme por largos períodos de tiempo, habla cosas que no entiendo y levanta el vidrio superior para darme comida, entonces nado hasta la superficie y me alimento. Glup glup. También la niña tiene un perro blanco que me mira con curiosidad, lo sé porque levanta sus orejas y aunque lo llamen, él no se mueve, a veces ladra y eso me asusta un poco. Sin embargo, nunca me aburro, es como si todo lo viviera por primera vez. Hola, me llamo Anilú, soy una pececita de color naranjo, vivo sola en ésta pecera y lo que más me gusta es jugar con las burbujas.
Un día, mientras miraba las conchitas que están sobre la arena, otro pez apareció en la superficie. Era de color blanco y en la parte superior tenía un manchón naranjo muy parecido al color de mi cuerpo. Después de tanto tiempo sin ver a otro ser vivo dentro de la pecera, su presencia llamó de inmediato mi atención, así que rápidamente, a todo lo que daban mis aletitas, nadé hasta la superficie.
Apenas estuve cerca lo salude. Me presenté y comencé a hacerle preguntas para satisfacer mi imperiosa, pero inofensiva curiosidad.
Su nombre era Bloom. Me dijo que lo habían sacado de una pecera repleta de peces como él y como yo, que lo habían puesto en una bolsa y que trás un largo viaje había llegado hasta aquí, su nuevo hogar, el cual compartiríamos desde ahora. La noticia me sorprendió y me agradó mucho a la vez, pensé en la fabulosa idea de tener un amigo con quien jugar, y aunque la vasta e interminable pecera dificultaría nuestros encuentros, éstos ocurrirían de todas formas.
Esa noche, con mis ojos abiertos como es costumbre (lo que no significa que esté mirando) y antes de dormir, me agobió extrañamente una duda; cómo había llegado yo a vivir a ésta pecera. No tengo la más mínima idea del origen que motivó este pensamiento, sin embargo, quería saberlo y me angustiaba ante la posibilidad de no recordar. De repente, como por acto de magia, olvidé lo que tanto me apenaba haber olvidado, volví a mi habitual estado de tranquilidad, y el anhelado deseo de conciliar el sueño llegó casi instantáneamente.
Un día, después de mucho tiempo creo, tanto que no recuerdo cuanto, me encontré con otro pez, Bloom, así se llamaba. Nadamos juntos y entre algunas cosas que hablamos me preguntó si es que yo era feliz en el acuario. Le conteste muy segura que sí, ¿acaso existía un motivo para no serlo?, luego me preguntó de dónde venía, y si tenía padres o hermanos. Iba a contestarle, pero no pude… NO PUDE, no fui capaz de responder algo tan simple porque no lo sabía. El mundo dejó de girar en ese instante. Fue entonces cuando me invadió un sentimiento que no conocía, por primera vez no me sentía conforme, un vacío lacerante se apoderó completamente de mí.
Esa noche, cuando la niña apagó la luz y todo quedó en completo silencio, salvo el inagotable sonido de las burbujas, pedí y le rogué a mi interior poder recordar, poder cambiar mi memoria de pez por la memoria de un elefante.
Al otro día cuando desperté, aún no sabía la dimensión de lo que había pedido, aún me quedaba una cuota de feliz y dulce ignorancia, pues no tenía idea del vuelco que tomaría mi vida ... no tenía idea de que nada volvería a ser como antes.
La pecera que yo creía tan enorme como el océano, era en comparación con él menos que un grano de arena en toda la playa, en sólo segundos pude conocerla completamente. Me encontraba a cada minuto con Bloom, comía dos veces por día, el hombre buzo y las plantas no eran más que figuras inertes y el sonido de las burbujas parecía interminable.
Conocí palabras como segundo, semana, día, noche, minuto, hora, semana, mes, año.
Dejé de jugar e incluso de comer, mi color naranja ya no era ni tan único ni tan alegre. Comencé a sentir el paso del tiempo por cada una de mis escamas. Vi alejarse lentamente la motivación, tan lentamente que parecía burlarse de mí. Fui perdiendo de a poquito la vida, pero había algo que jamás me dejaba; la certeza de la finitud traducida en la imagen de mi cuerpo flotante sobre la superficie del acuario, seguida del sonido que hace la descarga de agua en el inodoro.
Un día, mientras miraba las conchitas que están sobre la arena, otro pez apareció en la superficie. Era de color blanco y en la parte superior tenía un manchón naranjo muy parecido al color de mi cuerpo. Después de tanto tiempo sin ver a otro ser vivo dentro de la pecera, su presencia llamó de inmediato mi atención, así que rápidamente, a todo lo que daban mis aletitas, nadé hasta la superficie.
Apenas estuve cerca lo salude. Me presenté y comencé a hacerle preguntas para satisfacer mi imperiosa, pero inofensiva curiosidad.
Su nombre era Bloom. Me dijo que lo habían sacado de una pecera repleta de peces como él y como yo, que lo habían puesto en una bolsa y que trás un largo viaje había llegado hasta aquí, su nuevo hogar, el cual compartiríamos desde ahora. La noticia me sorprendió y me agradó mucho a la vez, pensé en la fabulosa idea de tener un amigo con quien jugar, y aunque la vasta e interminable pecera dificultaría nuestros encuentros, éstos ocurrirían de todas formas.
Esa noche, con mis ojos abiertos como es costumbre (lo que no significa que esté mirando) y antes de dormir, me agobió extrañamente una duda; cómo había llegado yo a vivir a ésta pecera. No tengo la más mínima idea del origen que motivó este pensamiento, sin embargo, quería saberlo y me angustiaba ante la posibilidad de no recordar. De repente, como por acto de magia, olvidé lo que tanto me apenaba haber olvidado, volví a mi habitual estado de tranquilidad, y el anhelado deseo de conciliar el sueño llegó casi instantáneamente.
Un día, después de mucho tiempo creo, tanto que no recuerdo cuanto, me encontré con otro pez, Bloom, así se llamaba. Nadamos juntos y entre algunas cosas que hablamos me preguntó si es que yo era feliz en el acuario. Le conteste muy segura que sí, ¿acaso existía un motivo para no serlo?, luego me preguntó de dónde venía, y si tenía padres o hermanos. Iba a contestarle, pero no pude… NO PUDE, no fui capaz de responder algo tan simple porque no lo sabía. El mundo dejó de girar en ese instante. Fue entonces cuando me invadió un sentimiento que no conocía, por primera vez no me sentía conforme, un vacío lacerante se apoderó completamente de mí.
Esa noche, cuando la niña apagó la luz y todo quedó en completo silencio, salvo el inagotable sonido de las burbujas, pedí y le rogué a mi interior poder recordar, poder cambiar mi memoria de pez por la memoria de un elefante.
Al otro día cuando desperté, aún no sabía la dimensión de lo que había pedido, aún me quedaba una cuota de feliz y dulce ignorancia, pues no tenía idea del vuelco que tomaría mi vida ... no tenía idea de que nada volvería a ser como antes.
La pecera que yo creía tan enorme como el océano, era en comparación con él menos que un grano de arena en toda la playa, en sólo segundos pude conocerla completamente. Me encontraba a cada minuto con Bloom, comía dos veces por día, el hombre buzo y las plantas no eran más que figuras inertes y el sonido de las burbujas parecía interminable.
Conocí palabras como segundo, semana, día, noche, minuto, hora, semana, mes, año.
Dejé de jugar e incluso de comer, mi color naranja ya no era ni tan único ni tan alegre. Comencé a sentir el paso del tiempo por cada una de mis escamas. Vi alejarse lentamente la motivación, tan lentamente que parecía burlarse de mí. Fui perdiendo de a poquito la vida, pero había algo que jamás me dejaba; la certeza de la finitud traducida en la imagen de mi cuerpo flotante sobre la superficie del acuario, seguida del sonido que hace la descarga de agua en el inodoro.
